Iba paseando por el mercado de Leiden, Países Bajos, cuando de repente una imagen me impactó. No es común que el super-excluyente, peligroso, insolidario y padre de todos los males, nacionalismo aragonés se aventure fuera de las fronteras del crisol de razas y encrucijada de caminos. Pero ahí está: la cuatribarrada en unas cajas de fruta (ni que decir tiene que compré unas cerezas etupendas).

Mientras en Aragón se arrincona y se critica la utilización del “sinyal reyal”, para muchos símbolo de utopías y de que otras naciones-estado son posibles, sorprende y alegra que en el Bajísimo Aragón (50 cm por debajo del nivel del mar), se pueda ver nuestra bandera sin complejos.

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